El otoño y el invierno son las dos estaciones en las que el trabajo en la viña es menos pesado. Desde principios del siglo XX, en el municipio de Alella, muchos agricultores aprovechaban esta época para plantar pésoles entre hileras de cepas. Todo el mundo sabe que los pésoles del Maresme tienen una calidad superior a los que se recogen en otros territorios: el secreto es el sauló, el suelo granítico característico de la zona que tanto beneficia a la viña (y también al pésol).
En un momento en que la viña no requiere mucho trabajo, hacia los meses de octubre y noviembre, los agricultores plantaban pésoles entre cepas. La cosecha se realizaba hacia abril o mayo y representaba un ingreso extra para el productor. Los llamaban pésoles de viña y hay personas mayores de Alella que afirman que, algunos años, obtenían más dinero del pésol que de la uva. La calidad de este delicioso legumbre cultivado en Alella permitía su venta a buen precio y una buena parte de la producción se vendía en mercados franceses. La memoria popular aún recuerda a elegantes comerciantes franceses cerrando tratos con humildes agricultores alellenses.

La reducción de la viña en Alella causada por el crecimiento urbanístico desmesurado a partir de los años 70 y la profesionalización de la producción vinícola fue poniendo fin a esta práctica que, hasta hace una década, ya casi solo tenía carácter testimonial. El viticultor Alejandro García, que dedicó toda una vida a cuidar, en el valle de Rials, de la Peça d’en Blanch, una de las viñas más bonitas del territorio DO Alella, de pansa blanca, pansa rosada, garnacha y malvasía, plantó pésoles cada año entre las cepas (véase la foto) hasta que la dejó hace más de una década y con más de 80 años.




