Las fiestas de Navidad tienen esa luz propia que lo transforma todo, las casas se llenan de aromas familiares, las mesas se visten de gala y los reencuentros -esperados o inesperados- recuerdan que, al final, lo que realmente celebramos es la vida compartida. En medio de este escenario cálido, hay un gesto que puede elevar el momento hasta hacerlo inolvidable: abrir una botella de cava que sea tan especial como la ocasión. Y este año, ese papel lo puede desempeñar el Juvé Camps Reserva de la Familia 2009.
No es un cava cualquiera. Es una edición única, nacida de una de las mejores añadas de la historia de la bodega, presentada como un auténtico tesoro recuperado. Esta botella inaugura una colección que hace un viaje al pasado, revisitando añadas históricas para celebrar momentos que merecen ser recordados. Cada botella viene marcada con el número de vendimia, como si fuera un capítulo de un libro singular. El 2009 corresponde a la V36, y ha reposado en silencio durante 180 meses hasta convertirse en una obra de pureza y madurez excepcionales. Solo 1.297 botellas han visto la luz, lo que lo convierte en un privilegio compartido por pocos.
La presentación misma es un homenaje: cierre de grapa, estuche que evoca los libros de colección y una estética que habla de artesanía, memoria y respeto por el oficio. Abrirlo es casi como abrir un volumen antiguo que esconde un relato intenso, delicado y preciso.

Al servirlo en la copa se muestra luminoso, con un color dorado brillante y unos reflejos de color ámbar que delatan una evolución lenta y noble. Se aprecia una burbuja fina, delicada, minúscula, casi cremosa.
En nariz, se despliega poco a poco -como lo hacen las cosas que no tienen prisa- ofreciendo en primer término aromas típicos de las largas crianzas, pan tostado, frutos secos, brioche y mazapán. A medida que avanza, se van añadiendo aromas de frutas pasadas por el horno y de mantequilla fresca, todo envuelto en un fondo de notas de recuerdo caramelizado.
En boca sorprende y emociona. Conserva una acidez que le otorga una frescura a priori impensable después de quince años de crianza. Se muestra vivo, tenso y profundo. Despliega una textura cremosa, sedosa y envolvente. El final es muy largo, de aquellos que hacen callar la mesa durante un instante e invitan a cerrar los ojos y retenerlo un poco más, como si se quisiera alargar el momento.
Esta Navidad, cuando el brindis se convierta en un abrazo y los ojos brillen más que las velas, el Juvé Camps Reserva de la Familia 2009 puede ser el mejor testimonio de que los momentos importantes merecen ser celebrados con alma.


