Seis minutos de reloj para obtener un detallado y fidedigno informe sobre el mercado del vino en Malasia con información legal, analítica, hábitos de consumo, contextualización y, sobre todo, 120 enlaces para comenzar a establecer puentes de negocio y exportación. Predecir, en un plazo de 12 días, posibles enfermedades en la viña, calculando su incidencia y delimitando el área de afectación. Y, fundamental, precisando el tratamiento más adecuado. Prever la productividad de una parcela, anticipando cuándo y cómo regar y los fertilizantes que requiere. O incluso, guiar a un cliente potencial a nuestra página web, desde aclararle cualquier duda hasta recomendarle la compra de algún producto. Y lo más curioso, sin darse cuenta de que se está comunicando con una plataforma digital.
Todo esto y más lo tenemos al alcance gracias a la Inteligencia Artificial (IA) aplicada al sector vitivinícola. No solo a los procesos de gestión sino también a la agricultura, donde comienza toda la travesía.
En el marco de la Barcelona Wine Week (BWW), que hoy lunes ha comenzado en Fira Barcelona, cuatro ponentes han detallado cómo la IA puede beneficiar al conjunto del sector siempre que sepamos lo que buscamos, cuáles son nuestras necesidades y cuál es nuestro punto de partida. “La IA solo es una capa sobre todas nuestras aplicaciones, porque debajo se encuentra la calidad de los datos que introducimos. Abordar un proyecto de IA primero requiere limpiar el polvo en casa, saber desde dónde partimos, porque una cosa es la digitalización, el soporte, y la otra la transformación digital que requiere aprendizaje y un cambio en los hábitos de trabajo”, comenta Andrés Sáez, de la empresa OrishaAgrifood, que suministra soluciones digitales para el sector agroalimentario.
La IA no solo supone una ayuda, sino un cambio de paradigma, una revolución desde el principio hasta el fin. Por un lado, la IA analítica y, por otro, la generativa. La primera se nutre de las matemáticas, estadísticas y datos, aquella que nos proporciona información para mejorar la rentabilidad de las explotaciones, monitoreando la climatología, enfermedades, antecedentes, composición y condiciones geológicas del terreno, etcétera. Todo esto para obtener suficientes detalles predictivos, por ejemplo, el tiempo y duración del riego, los fertilizantes más eficaces o incluso tratar potenciales enfermedades por adelantado. En cambio, la IA generativa se basa en los procesos del lenguaje y sirve de ayuda, por ejemplo, en la atención al cliente, el marketing, la comercialización y la gobernanza de la bodega, como explica Javier Marco, de la bodega Pradorey (Ribera del Duero), una de las primeras en disponer de un CDO (chief digital officer).

¿Y todo esto es caro? Para la IA analítica los precios rondan los 12 euros por hectárea. Respecto a la generativa dependerá de lo que necesitemos como empresa. Las bodegas grandes ya disponen de sus propios departamentos de IT, mientras que las reconocidas como pymes normalmente externalizan estos procesos, ya sea en compañías privadas o en asociaciones de productores como la Federación Española del Vino (FEV), que ha creado su propio hub de digitalización con una plataforma propia, Winext.
Si uno se decide a aplicar la IA, todo comienza por dejarse asesorar y disponer de un primer análisis sobre el punto de partida. Porque solo sabiendo cómo y dónde estamos, podremos conocer hacia dónde queremos ir y cómo nos puede acompañar la Inteligencia Artificial. En cualquier caso, la IA no sustituye nada, sino que nos servirá de acompañamiento. “Si queremos ser competitivos a medio y largo plazo, la especialización es una obligación. Es el éxito de un proyecto”, advierte Alberto García, responsable de digitalización de la FEV.
