Un cep no hace una viña y una viña no hace un paisaje, sino que el paisaje lo conforma un conjunto de elementos de la naturaleza que, uno con otro, a lo largo del tiempo, convergen e interaccionan entre ellos simbióticamente. Pero cuando uno de estos múltiples elementos se debilita, normalmente por la funesta y perturbadora mano del hombre, todo se trastoca y se distorsiona. Por lo tanto, solo existe una manera para que la viña se convierta en paisaje: cuidar todo lo que la rodea, sin dejar nada al margen. Y, sobre todo, procurando adaptarnos e intentando que lo que toquemos lo hagamos pensando en el futuro para que, cuando ya no estemos, alguien pueda decir: “Mis ancestros sabían cómo tratar la tierra”.

Ahora a este paisaje lo llaman ecosistema y a esta manera de hacer, sostenibilidad; tecnicismos absolutamente desconocidos por nuestros abuelos. Pero solo se trataba de amor a la tierra, entendida esta en su máxima extensión, no solo por el tamaño de tu terreno, sea pequeño o grande. Y la tierra siempre es agradecida. Al final, recoges sus frutos.

Anna Espelt lo sabe muy bien, porque sus viñas están rodeadas de tres parques naturales en las comarcas de Girona: el paraje natural de l’Albera, el Cap de Creus y los Aiguamolls de l’Empordà. Quizás se trata de un hecho definitorio, sin duda, pero seguro que en otro lugar de Cataluña Anna tendría el mismo cuidado, la misma actitud hacia su preciado terruño: las fincas Mar Marés, Rabós, Pau y Vilajüiga.

No se abstiene de confesar que está enamorada del Empordà y sobre todo de Mar Marès, desde donde se divisa una deslumbrante vista del Cap de Creus. Y este enamoramiento lo traslada al trabajo, lo que le ha valido obtener el Premio Vinari al Mejor Proyecto Ecológico, patrocinado por Nissan. Como se argumentaba en la entrega del galardón: “Espelt Viticultors ha sabido hacer de la sostenibilidad el pilar central de su proyecto, con una viticultura ecológica y regenerativa que protege el paisaje, reduce el impacto ambiental y favorece la biodiversidad”.

Viñas de Espelt Viticultors / Cedida
Viñas de Espelt Viticultors / Cedida

¿Y todo esto en qué consiste? El amor ayuda, pero no es suficiente. También se requieren amplios conocimientos técnicos -Anna es bióloga y enóloga-, dejarse asesorar y pensar en un todo no fragmentado. Es decir, una visión amplia, de 360 grados, de todo lo que tienes entre manos. Por este motivo, cuando la familia adquirió Mar Marés -quizás la joya de la corona- Anna se puso en contacto con los técnicos del parque natural para que toda intervención humana tuviera el mínimo impacto posible, en la fauna, en la biodiversidad o en los restos prehistóricos. E incluso, una manera de trabajar para que los devastadores incendios de antaño no revivieran de nuevo.

Quizás el nombre que lo define mejor es el paisaje en mosaico, como un mandala de arena de diferentes colores impregnado de armonía. Es decir, un conjunto de cultivos, pastos, bosques, matorrales, restos del pasado o zonas vacías, resultado de la acción combinada de la misma naturaleza y del hombre. Pero sin alterarse mutuamente para que el ecosistema se vuelva resiliente.

“Todo lo que hacemos tiene un sentido, y es el de ir más allá, no quedarnos solo con la viña sino cuidar conscientemente todo lo que la rodea. La viticultura es una manera de cuidar la tierra, no de aprovecharse de ella”, afirma Anna. Por lo tanto, no vislumbra otra salida que trabajar en ecológico “porque son las condiciones adecuadas. En otros cultivos quizás es más difícil, pero con la viña no hay razón para no hacerlo”.

Esta visión la llevó también a ser consciente desde joven de los efectos del cambio climático. Por eso, decidieron plantar no solo variedades de uva autóctonas (garnacha, cariñena, macabeo, moscatel y monastrell) sino también adaptadas a climas más cálidos. “Para lograr vinos excelentes”, añade, “tuvimos que volver a la montaña y plantar variedades locales, lo que nos da vinos con mucha más identidad”. 

El problema vino después ya que, a pesar de la previsión, el cambio climático ha sido más acelerado de lo que se pensaba, por ejemplo, con la llegada de sequías prolongadas, heladas en épocas y en lugares nada habituales y una variabilidad insospechada, ni en su frecuencia ni tampoco en su magnitud.

Y si bien, a pesar de esta mutabilidad, no existen normas escritas y nadie nace con un libro de instrucciones bajo el brazo, Anna Espelt admite que “tenemos la posibilidad de probar cosas para mejorar lo que estamos haciendo”. De ahí que también busquen experiencias y posibles soluciones en todo el mundo, como en Australia, para extrapolarlas al Empordà.

Todos estos conocimientos se han hecho realidad en unos vinos con carácter y que mejoran cada año a base de experimentar y descubrir, todo mezclado con unas dosis de intuición. No es extraño, por lo tanto, que ahora el nuevo reto sea elaborar vinos de guarda con variedades blancas. Se trata, como asegura Anna, “de investigar para saber quiénes somos”. 

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