Una foto datada en Madrid de la fachada del ya desaparecido Teatro Novedades, en la popular y genuina calle de Toledo, es uno de los primeros vestigios gráficos con finalidad publicitaria de la marca insignia ‘Vermut de Reus’. La instantánea fue tomada durante el primer cuarto del siglo XX, cuando esta bebida vivía un momento vigoroso en todo el Estado y la capital del Baix Camp no solo era el gran centro distribuidor y exportador, sino también el de su elaboración.

El tándem Vermut y Reus está estrechamente ligado tanto en la historia reciente como en el imaginario colectivo. No en vano se asocia la ciudad como la cuna en España de esta bebida especiada, aunque se introdujera por primera vez a través del puerto de Barcelona y fue allí, en la capital, donde surgieron los primeros fabricantes hacia la segunda mitad del siglo XIX. Pero Reus, entonces, ya era un núcleo emergente en la industria vinícola y licorera, con unos comerciantes con un profundo espíritu emprendedor y que no temían a nuevos retos. Ni siquiera a las imitaciones, ya que producían todo tipo de vinos para consumo propio, venta y exportaciones. Incluso cava (o champán como era conocido entonces), hasta que el Penedès le tomó el relevo, hacia la década de los sesenta.

Los aranceles que lo hicieron crecer

Hay un momento, sin embargo, que marca un antes y un después en la fabricación del vermut en Reus, según indica el periodista e historiador Josep Cruset. Una decisión gubernamental que nos transporta irremediablemente a los Estados Unidos de Donald Trump y su lema ‘America First’. Es decir, medidas proteccionistas hacia la industria local mediante la imposición de feroces aranceles a todos los productos extranjeros. Pero esta vez, sin negociaciones de por medio. Fue el gobierno del conservador Antonio Cánovas del Castillo que en 1891, presionado por los campesinos castellanos del trigo y los industriales textiles catalanes, decidió cerrar las fronteras españolas a todos los productos manufacturados extranjeros, especialmente ingleses y franceses. Pero como toda acción conlleva una reacción, un año después, Francia hizo lo mismo con el arancel Méline. De un día para otro, los exportadores de Reus se quedaron sin mercado, ya que era Francia justamente el principal comprador de vino catalán a granel porque sus campos habían quedado arrasados por la filoxera.

Y aquí comienza, según Cruset, el auge del vermut de Reus. Al quedarse sin mercado, las bodegas se inundaron de excedentes. Al mismo tiempo, los vermuts italianos y franceses se volvieron inasequibles por su elevado precio. ¿Solución? Los reusenses aprovecharon los excedentes de vino para especiarlo con ajenjo y otras hierbas y así inundaron el Estado con una bebida que antes copaba el Martini italiano o el Noilly Prat francés.

El vermut tomó tal impulso que surgieron elaboradores a raudales, exportando a Europa, el continente americano y sobre todo a las colonias españolas de ultramar. Había fabricantes con sus propios vagones cisterna y tuberías que conectaban la fábrica con la estación de ferrocarril. Se calcula que a lo largo de la primera mitad del siglo XX llegó a haber más de 30 empresas que elaboraban unas 50 marcas y tipos diferentes de vermut. La fabricación y la venta se contaban por toneladas y el enriquecimiento de algunas familias tuvo su traslación a una ciudad que bullía de cultura, asimilaba las nuevas corrientes europeas y exponía su efervescencia en la arquitectura.

Una camarera sirviendo vermut en la vermutería Casa Mariol / Mireia Comas
Una camarera sirviendo vermut en la vermutería Casa Mariol / Mireia Comas

Desde entonces, esta bebida aromatizada se asoció indefectiblemente a Reus, una marca en sí misma que para los consumidores era, y sigue siendo, sinónimo de calidad y buen hacer.

Del declive al resurgimiento del vermut

Sin embargo, a lo largo del tiempo el vermut no ha podido escapar de las tendencias y modas de cada década, tampoco de la competencia por la eclosión de nuevas bebidas. Durante el franquismo, en territorios como Cataluña o las Baleares, el ritual de ir a tomar el vermut -acompañado del típico variado como tapa- no solo era el esparcimiento recurrente sino también el más asequible para el bolsillo de entonces.

El declive de su consumo comenzó a finales del siglo pasado y principios de este. Y paralelamente, también su fabricación. Ahora mismo, en la zona solo se conservan tres grandes productores –Miró de Masergrup, Yzaguirre y De Müller– que comercializan su marca como ‘Vermut de Reus’. Pero una estrategia publicitaria y de marketing continuada, y de la mano del Ayuntamiento de Reus y su Patronato, ha hecho posible un resurgimiento del vermut en todas partes. También, como es natural, la inequívoca adaptación a los gustos del público con el lanzamiento de nuevas variedades de vermuts, incluso de baja graduación, que ha vuelto a poner de moda la bebida y el ritual que la acompaña.

A pesar de no disponer de la oficial Denominación de Origen Calificada, desde Reus no se quiere, ni se ha dejado, perder una marca que liga estrechamente una bebida con una ciudad. Las acciones promocionales son continuadas y así se está trabajando con la creación de la ruta europea del vermut, junto con la ciudad italiana de Turín y la francesa de Chambéry, que podríamos definir como la triple corona del vermut. Las acciones promocionales también se repiten en todo el Estado hasta que hace unos años se logró ubicar en Reus la sede de la Asociación Española de Elaboradores y Productores de Vermut, integrada por unas once empresas que comercializan en el Estado el 90% de toda la producción.

En todo caso, si uno quiere conocer la auténtica historia de esta bebida y la capital del Baix Camp solo tiene que visitar el Museo del Vermut, en la calle de Vallroquetes, con una colección privada de más de 6.500 artículos, como botellas, carteles publicitarios y etiquetas. Una hazaña de Joan Tapias que comenzó en el año 1982 gracias a una botella de Cinzano que le regaló su padre. En este espacio se dan la mano el vermut y la gastronomía y quien lo visita entenderá por qué Vermut y Reus podrían escribirse juntos con una única palabra.

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