El ciclo vital de la vid está lleno de momentos cargados de simbolismo y emoción, instantes que marcan el paso del tiempo y que conectan directamente con la tierra y sus ritmos naturales. Entre estos momentos, hay algunos muy visibles y celebrados, como la floración, cuando la vid se llena de vida y color y anuncia la llegada inminente del fruto, o el envero, cuando la uva comienza a transformarse y las variedades blancas adquieren tonalidades doradas mientras las negras inician su camino hacia el color definitivo. Sin embargo, hay un instante especialmente significativo que a menudo pasa más desapercibido, pero que contiene una gran carga simbólica: el retorno a la vida de la cepa después del invierno, es decir, el momento en que se produce lo que se llama ‘llanto de la vid’.

Este momento mágico se produce cuando el frío comienza a aflojar y el calor del sol gana protagonismo. Es entonces cuando la vid, aparentemente dormida durante los meses más duros, inicia de nuevo su actividad vital. Este despertar no es espontáneo, sino que viene precedido por una intervención esencial en el trabajo de la vid: la poda. Practicada durante los meses más fríos, la poda es una tarea necesaria que permite rejuvenecer la planta, alargar su período productivo y regular tanto la producción como el vigor. Esta acción, sin embargo, deja heridas en la cepa, unas marcas que se convertirán en protagonistas en el momento de su renacimiento.

Con la llegada de temperaturas más suaves, la cepa reactiva su proceso vital y la savia comienza a circular de nuevo por los tejidos de la planta. Es en este punto cuando se produce un fenómeno tan singular como evocador: la savia se escapa a través de las heridas provocadas por la poda y gotea hacia el exterior. Este goteo es conocido como el ‘llanto de la vid‘ y constituye la señal más evidente de que el nuevo ciclo vital ha comenzado. Más allá de su valor fisiológico, es también un momento cargado de significado, ya que anuncia lo que está por venir: la aparición de los nuevos brotes, sobre los cuales crecerán las hojas y, más adelante, los frutos.

Un fenómeno que destila poesía

El llanto de la vid no es un fenómeno largo. Tiene una duración aproximada de unos quince días y su inicio depende estrechamente de las condiciones climáticas de cada lugar. Por este motivo, no hay una fecha fija en la que se produzca, aunque tradicionalmente se ha asociado a los alrededores de San José. Esta variabilidad hace que cada año sea ligeramente diferente, reforzando aún más la conexión entre la vid y el entorno natural que la rodea.

Cepas de uva con la base roída en Verdú, en el Urgell / ACN (Roger Segura)
Cepas de uva con la base roída en Verdú, en el Urgell / ACN (Roger Segura)

Para quien visita una viña en este período, observar este fenómeno puede convertirse en una experiencia profundamente emotiva. El goteo constante, casi imperceptible, transmite una sensación de vida que renace y que se prepara para un nuevo ciclo. Es un instante de transición, silencioso pero lleno de significado, que a menudo despierta una gran inspiración poética. De hecho, este fenómeno no ha pasado desapercibido para los poetas. El poeta de Gelida Jordi Llavina le dedicó unos versos que capturan con sensibilidad este momento inicial del ciclo de la vid:

La cepa que llora aún no conoce

el pámpano para cubrir su desnudez

-ropa de temporada. La cepa que llora

con una lágrima color de anís

aún ha de fructificar la uva de los ojos

Así, el llanto de la vid se convierte en mucho más que un simple proceso fisiológico. Es una metáfora del renacimiento, del paso del tiempo y de la capacidad de la naturaleza para recomenzar. En este goteo discreto está el preludio de todo un ciclo que culminará con la vendimia, pero que encuentra en este instante inicial una de sus expresiones más puras y emotivas.

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