Las tendencias de consumo mundiales han cambiado el tablero de juego en el sector vitivinícola. Antes, los vinos tintos reinaban sobre los blancos en Cataluña y en el estado español, pero unos y otros vivían en sintonía en otros países. Actualmente, esta situación es muy diferente y regiones vitivinícolas españolas dedicadas más a vinos blancos que a vinos tintos comienzan a destacar sobre los territorios de vinos más tradicionales, como La Rioja o Ribera del Duero. Por eso, Galicia se alza como un nuevo espacio ideal para tener viñedos y cada vez más grandes marcas del vino están comprando terrenos allí. Una situación que populariza las tierras gallegas, pero que no acaba de agradar a los agricultores de toda la vida, que se oponen a la compra indiscriminada de tierras y consideran que su manera de trabajar está en peligro ante estas empresas que ven en este territorio una oportunidad de hacer dinero, de las cuales piensan que no buscan cultivar en clave gallega. Desde el otro lado, algunas marcas compradoras aseguran que su afán es honrar el territorio y niegan que solo quieran sacar rédito económico.
«Las nuevas marcas vienen por el clima, las variedades resistentes y las ganas de profundizar en el mundo de los vinos blancos», concreta a Vadevi, Roberto Barro, presidente de la Asociación Gallega de Viticultura. Para el experto, el interés que tienen las empresas de fuera de Galicia por su territorio no está ligado a la cultura de la región, sino a la oportunidad de hacer dinero que se está abriendo en estas tierras. «Vienen con sus vicios, sin tener en cuenta la tierra», remarca Barro, quien no está en contra de la entrada de nuevas empresas, sino que desconfía de las intenciones de algunas de ellas al comprar hectáreas de viñedo gallego. Aún más, argumenta que hace una década «algunas empresas empezaron a mostrar interés por Galicia y lo hicieron bien». En este sentido, estas grandes marcas -que no quiere mencionar con nombres y apellidos- decidieron comprar terrenos gallegos para abrir horizontes, pero también para entender la cultura de la región y acomodarse a sus maneras de trabajar y cultivar.
Galicia es un paraíso de los vinos blancos. Después de décadas de proyección internacional de La Rioja y sus vinos tintos, los viñedos gallegos les toman protagonismo debido a los cambios de tendencias de consumo. Los vinos más frescos, con acidez y ligeros son la especialidad de Galicia. Tanto es así que el triunfo de sus vinos blancos los ha llevado a perfeccionar su técnica y lanzar al mercado vinos blancos de guarda y con mucha más calidad. Ahora bien, el funcionamiento del ecosistema vitivinícola gallego es peculiar. Continúan trabajando como se hacía antes, con clientes de toda la vida y contratos de compra de uva que perduran en el tiempo. Es un equilibrio que funciona porque las parcelas de viñedo gallegas están muy repartidas. Barro explica que hay agricultores que «tienen menos de una hectárea de viñedo para cultivar». Una situación que con la entrada de grandes empresas con ganas de comprar muchas hectáreas provoca una concentración que hace sufrir a los viticultores gallegos, ya que «puede llevar a un desequilibrio de precios», lamenta Barro.
El posible desequilibrio de precio
Más allá del sufrimiento de los agricultores por la pérdida de la esencia de la viticultura gallega, la crispación comienza con los desequilibrios de los precios de la uva. Barro confirma que ya ha ocurrido en algunas ocasiones, que una empresa vitivinícola foránea -sea española o internacional- ha llegado a subir los precios de manera indiscriminada y ha provocado que «algunas bodegas se quedaran sin uva». Esta cuestión no sería un problema si no fuera porque el mismo presidente de la Asociación Gallega de Viticultores reconoce que, la vendimia siguiente, las mismas empresas habían bajado el precio nuevamente, de manera que habían causado desconcierto y habían roto las «relaciones estrechas que hay entre agricultores y bodegueros». Precisamente, este uso de la ley de la oferta y la demanda en beneficio de las grandes marcas es lo que más tensa a los agricultores de Galicia, que cada vez tienen menos claro que la entrada de nuevos grandes jugadores al tablero sea una buena idea.

Romper una relación estrecha
Una visión muy diferente tienen algunas de estas empresas. Vadevi ha contactado con Jessica Julmy, directora general de la bodega Tempos Vega Sicilia, una destacada y muy conocida bodega de Valladolid que hace cuatro años desembarcó en Galicia, con la construcción de una nueva bodega y viñedos en las Rías Baixas para ampliar su gama de vinos con algunos blancos. Para Julmy, la entrada en el sector vitivinícola gallego no podría haber sido mejor. La directora general de la bodega niega que haya encontrado «un ambiente hostil» y, de hecho, añade que «todo el mundo ha estado muy contento y dispuesto a trabajar con ellos». Si bien es cierto que Vega Sicilia no es el problema, la entrada de grandes bodegas no acaba de agradar a los agricultores, o al menos eso asegura Barro, aunque desde Vega Sicilia no lo vean así. También es cierto que la directora general de la bodega subraya que su entrada en el territorio «no es solo para sacar rédito económico», sino que quieren «comercializar un vino blanco hecho en Galicia, con las características gallegas». Julmy también asegura que hace años que observan e investigan el territorio y que hasta que no se han sentido cómodos no han comenzado a elaborar los vinos, que probablemente saldrán al mercado «al final de este año«.
Las dos caras de la moneda explican visiones completamente diferentes, pero para el director de la Federación Española del Vino (FEV), José Luís Benítez, «la hostilidad es algo normal en estos contextos». El experto menciona que el aumento del interés por Galicia está muy ligado a estas nuevas tendencias de consumo, y precisamente esta fama repentina es lo que hace que muchos agricultores no estén de acuerdo con la entrada de nuevas empresas: «Siempre que hay un aterrizaje de estas magnitudes en una región se genera cierta crispación«, reflexiona el director de la FEV. Ahora bien, Benítez también vaticina que, como todo, «acabará pasando». En este sentido, afirma que ninguna empresa busca entrar en un territorio para «destrozarlo», y también reconoce que, aunque haya cierto miedo, «los viticultores gallegos de toda la vida no desaparecerán».

