Hay territorios vitivinícolas que no se redefinen con grandes saltos, sino con procesos lentos, casi orgánicos. El Pla de Bages es un ejemplo claro. En los últimos años, la denominación ha vivido una evolución silenciosa pero profunda, marcada por la recuperación de viñedos, la consolidación de proyectos jóvenes y una mirada cada vez más coherente hacia el territorio.

Desde la secretaría de la DO, Eva Farré ha sido testigo directo de este cambio. Y lo describe desde una perspectiva muy arraigada a la realidad cotidiana del sector: “La idea es utilizar el edificio para implantar equipamientos y darle un uso que nos permita continuar desarrollando el proyecto del territorio”. Una manera de entender la DO como una herramienta activa, no solo administrativa, sino también estructural. “Al final, estos viticultores jóvenes que aparecen como norma general son personas arraigadas a la zona”, explica Farré. “Son personas que han estado fuera, que se han formado o han trabajado fuera, y que luego regresan para comenzar su proyecto”. Este movimiento de retorno ha sido una de las claves de la transformación del Bages vitivinícola.

Este retorno generacional ha sido una de las palancas clave de la transformación del territorio. El Bages ha pasado de ser una zona a menudo percibida como periférica dentro del mapa vitivinícola catalán a consolidar una identidad propia, basada en el paisaje, la recuperación de variedades y una manera muy concreta de entender el vino.

Bodegas que han sido palanca: Abadal y Oller del Mas

En este proceso de consolidación, algunos proyectos han tenido un papel especialmente relevante. Bodegas como Abadal u Oller del Mas han sido fundamentales para situar la DO Pla de Bages en el mapa vitivinícola, tanto en el ámbito catalán como estatal. A través de una apuesta por la calidad, la búsqueda de viñedos viejos y la conexión con el territorio, estas bodegas han ayudado a dar visibilidad a una denominación que durante años había quedado en segundo plano. No solo han crecido como proyectos individuales, sino que han actuado como motores de atracción para nuevos elaboradores y para una nueva manera de entender el Bages vitivinícola.

En paralelo, desde la DO se trabaja para facilitar esta evolución estructural del territorio. “Disculpa la tardanza… la idea es ir avanzando día a día”, comenta Farré en relación con los procesos de desarrollo interno y coordinación con agentes del territorio. Una manera de explicar que el cambio es continuo y a menudo más lento de lo que se percibe desde fuera. Esta combinación entre grandes proyectos consolidados y microbodegas emergentes ha generado un ecosistema equilibrado, donde conviven escalas muy diferentes pero con una misma narrativa de fondo: el territorio como eje central.

Recuperar el paisaje, recuperar la viña

Uno de los elementos más distintivos de la evolución reciente del Pla de Bages es la recuperación del patrimonio vitivinícola. Las tinas de piedra seca, esparcidas por el territorio, se han convertido en un símbolo de esta conexión entre pasado y presente. Aquello que durante décadas había quedado olvidado ahora forma parte del relato identitario de la DO. Pero la recuperación no se ha quedado solo en el ámbito patrimonial. También ha tenido un impacto directo en la viña y en las variedades cultivadas. En este sentido, proyectos como Torre Lluvià han sido especialmente significativos.

Este espacio, vinculado a la recuperación de variedades autóctonas, representa una apuesta clara por revalorar el patrimonio genético del territorio. Farré lo vincula a una mirada de continuidad: “La idea es utilizar el patrimonio para implantar equipamientos y darle un uso que nos permita continuar trabajando el territorio”. No solo conservar, sino activar. Este tipo de iniciativas han contribuido a reforzar la singularidad del Bages dentro del panorama vitivinícola catalán, aportando una identidad más definida y menos dependiente de tendencias externas.

Un territorio que ha aprendido a explicarse

Más allá de los proyectos concretos, el gran cambio de la DO Pla de Bages ha sido su capacidad para construir relato. El vino ya no se entiende solo como un producto final, sino como una expresión del paisaje, de la historia y de las personas que lo trabajan. “La idea siempre ha sido ir avanzando poco a poco, pero con una base sólida”, resume Farré. Esta evolución pausada, pero constante ha permitido consolidar una denominación que no busca crecer de manera desmesurada, sino reforzar su coherencia interna.

En este proceso, el papel de los nuevos elaboradores ha sido clave. “Son personas que a menudo han estado fuera, que han aprendido fuera, y que regresan con la voluntad de hacer su proyecto aquí”, insiste Farré. Esta generación ha aportado una mirada fresca, pero a la vez muy consciente del legado vitivinícola del territorio. También destaca la importancia de la proximidad en el modelo de trabajo: “Somos una denominación pequeña, pero eso también nos permite tener mucha proximidad entre bodegas y trabajar de manera conjunta”. Esta escala humana ha sido clave para mantener cohesión en un sector muy diverso.

El resultado es una DO que ha pasado de la discreción a la definición. Sin renunciar a su escala reducida, el Pla de Bages ha logrado posicionarse como un territorio con voz propia dentro del mapa del vino catalán. Y quizás este es su principal éxito: haber sabido transformar una realidad fragmentada en un relato compartido, donde conviven grandes bodegas, pequeños proyectos, patrimonio recuperado y una clara voluntad de futuro. Un territorio que, más que crecer, ha aprendido a explicarse mejor.

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