En el centro del Prat de Llobregat, a pocas calles de la estación de tren se esconde una pequeña vermutería centenaria. Cal Pere Tarrida fue un sueño hecho realidad del abuelo de Joffre y Jordina, tercera generación de la familia Tarrida. Su inconfundible vermut es lo que atrae a más desconocidos a su local y las catas exclusivas son las que fidelizan a la clientela, pero sin duda lo que más impresiona del espacio es su colección de vinos. Entrar al sótano de Cal Pere Tarrida es como llegar al parque de atracciones del sector vitivinícola. Más de 3.700 referencias llenan las estanterías perfectamente colocadas. Cuatro salas, varias escaleras y un laberinto escondido convierten a Cal Pere Tarrida en mucho más que una vermutería o tienda de vinos, sino en un auténtico museo de botellas con las que se narra el paso del tiempo.
«Mi padre empezó y nosotros lo hemos continuado», explica a Vadevi, Joffre Tarrida, propietario del local, que este año ha ganado el Premio Vinari a la Mejor Vermutería de Catalunya. A menudo sucede que un local donde tomar vinos o vermuts termina vendiéndolos en botellas. Normalmente, los propietarios e incluso algunos trabajadores tienen conocimiento del sector y pueden hacer recomendaciones con criterio. Ahora bien, tener una colección de vinos enterrada bajo las calles del Prat es muy diferente. Cal Pere Tarrida comenzó como una taberna, el vino era la parte principal del negocio que inició el abuelo de los Tarrida. Actualmente, hay tres pilares de negocio: el espacio de vermutería, la venta del vermut y la venta de vinos; esta última a través de recomendaciones habladas, ya que «poca gente tiene el privilegio de bajar hasta aquí abajo», argumenta Jordina Tarrida -también propietaria-, haciendo referencia a la fragilidad de las botellas, pero también al poco conocimiento que tiene el público general para apreciar la complejidad de la colección.
En Cal Pere Tarrida hay dos pasillos enteros dedicados a Catalunya y otros dos fuera del país. Las botellas se acumulan en estantes, perfectamente colocadas, esperando que alguien las compre. Aunque la intención es hacer negocio, uno pensaría que hay una cierta ambición de coleccionista detrás de estos amplios estantes llenos de vinos. Joffre Tarrida, sin embargo, concreta que no se considera así, sino que simplemente «es una persona curiosa». Volviendo a las estanterías, los precios de los vinos varían tanto como las añadas; en este sótano hay una larga lista de marcas que ya no existen o incluso que han cambiado de manos. Se encuentran botellas de Raventós Codorníu cuando todavía eran una sola bodega, algunas de las primeras botellas del vino Sangre de Toro, de cuando las bodegas catalanas etiquetaban en castellano, e incluso un buen puñado de Lloparts, Gramonas y Recaredos de antes de la creación de Corpinnat, en la época en que todos pertenecían a la DO Cava.
Un espacio para la «riojitis»
Más allá de los vinos catalanes, en Cal Pere Tarrida también hay un pasillo dedicado a La Rioja. Para Joffre Tarrida tiene mucho sentido mantener los vinos de la primera región del estado español que logró posicionar sus vinos; no solo porque hay un punto de clientela que lo demanda, sino porque también explica la historia del sector vitivinícola. De esta manera, el posicionamiento de los vinos catalanes no llegó hasta los noventa, incluso algunos asumen que a partir de los inicios del 2000. «Antes los vinos catalanes no eran lo que son ahora», menciona el propietario de la vermutería, quien añade que «poco a poco nos pasa la riojitis». En esta misma línea, Jordina Tarrida recuerda que sus ventas actuales son muy desiguales a favor de los vinos de nuestro país: «Te diría que hasta un 90% de lo que vendemos es vino catalán«, calcula la propietaria. Además, también incluyen todos los vinos a granel que venden en la vermutería, en la cual hay un par de salas y una terraza dedicadas exclusivamente a conservar las diversas botas de vinos de mesa catalanes que tienen en la tienda.

El arte de aprender a maridar
Un espacio tan privilegiado como el de Can Pere Tarrida es una gran responsabilidad y necesita profesionales y expertos para mantener el cuidado de toda la bodega. Los hermanos Tarrida tienen estudios de enología y de sumillería. Han participado en concursos e incluso han sido jurados. No se dedican solo a llevar la vermutería, sino que utilizan sus estudios para hacer recomendaciones de vinos. De hecho, Jordina Tarrida concreta que en buena parte de las ocasiones, «los clientes te cuentan el plato que van a comer y te piden que busques un vino que maride bien». Paralelamente, también confirman que muchas veces la gente ve añadas muy antiguas y enseguida quieren probar los vinos. En este contexto, Joffre Tarrida siempre intenta recordar a los clientes que los vinos envejecen y que «podrán encontrar aromas que no estaban en el momento de embotellarla». Sin embargo, el objetivo de los hermanos con esta tienda también es educar a la población. A través de unas catas exclusivas que realizan, abren botellas únicas de su colección y acercan al consumidor a todo este universo vitivinícola que en muchos casos no han probado nunca.
Cal Pere Tarrida es un tesoro de vinos bajo tierra. La gran afición por el sector vitivinícola y las botellas del mundo del padre de los Tarrida comenzó esta colección que hoy se alza como una de las más grandes en tiendas especializadas del país. De momento, los hermanos Tarrida son la última generación que cuidará la vermutería, ya que no tienen relevo generacional. Donde terminará la colección es todo un misterio y, aunque Joffre Tarrida ironiza con la idea de jubilarse y bebérselo todo, el legado de los Tarrida se mantendrá en el tiempo no solo por su gran vermut, sino por el oasis subterráneo de vinos que esconden en la trastienda.




