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Ressurgir de la Malvasia de Sitges, reina olvidada de la viña catalana

La historia vitivinícola de Cataluña está llena de variedades de uva olvidadas. La malvasía de Sitges había sido un gran reclamo durante siglos. De hecho, su primera aparición en la historia mundial data de 1214, cuando en unos documentos oficiales sobre un encuentro entre autoridades de Creta y Constantinopla figuraba una botella de vino elaborado con esta variedad. No solo era una uva conocida, sino que se consideraba la variedad de los vinos caros, todo un mito de la época. Pero, en los noventa, la variedad sufrió una caída en picado fruto de los cambios de tendencias y la falta de conocimiento para cultivarla. Actualmente, después de prácticamente desaparecer, se han recuperado alrededor de 100 hectáreas de Malvasía de Sitges en toda Cataluña gracias a bodegas e instituciones que no se rindieron. Con la investigación, el cuidado y las ganas de mantener vivo el legado de Cataluña, estas bodegas están dispuestas a conservarla y –con un poco de suerte– volver a catapultarla al éxito, como aquella época dorada en la que la malvasía era la reina de los vinos blancos más gastronómicos, representante directa de la calidad de los elaborados del país.

No se puede hablar de la malvasía sin explicar la historia de Sitges, el puerto que dio nombre a la variedad tradicional catalana que triunfaba en la época moderna por todo el mundo. Trescientos días de sol al año combinados con el terroir perfecto aportaban las condiciones ideales para que la variedad se expresara bien. «La malvasia de Sitges era reconocida en todo el mundo; famosa por dar vinos de perfil dulce oxidativo, muy apreciados hace siglos», explica Alba Gràcia, coordinadora del Centro de Interpretación de la Malvasía de Sitges, una entidad con el objetivo de preservar la historia de esta variedad. Pero, como en toda buena historia, hay un final dramático con la llegada de las primeras plagas. La temida filoxera acabó con buena parte de los viñedos de malvasía, muy sensibles a todos los agentes externos -igual que ocurrió con gran parte de los cultivos de viña en Cataluña- y, cuando por fin desapareció, Sitges se había convertido en una ciudad costera donde reinaba la hostelería y la malvasía se resignó a ser un recuerdo del pasado, con unas pocas parcelas olvidadas en un rincón. De hecho, en 1935 un puñado de viñedos de malvasía fueron cedidos a la bodega del Hospital de Sitges, desde donde en la actualidad se ha conseguido toda la madera para llegar al centenar de hectáreas de la variedad en Cataluña.

También los cambios de tendencia terminaron de destruir todo el encanto que había tenido la variedad. Durante años, mientras Sitges se convertía en una atracción turística, otras zonas del Mediterráneo también ideales para el cultivo de la malvasía la apartaron porque no tenía el perfil que se buscaba en los noventa. En aquel momento, el miedo a la filoxera y la necesidad de encontrar viñas «resistentes» implicaba que muchas bodegas apostaran «por las variedades foráneas», resume Enric Bartra, técnico del Institut Català de la Vinya i el Vi (INCAVI). De esta manera, la malvasía de Sitges pasó de ser un tesoro a ser un lastre, ya que el mantenimiento que requería y su poca resistencia a las plagas la hicieron caer en la escala de prioridades de viticultores y bodegueros. Además, la poca apreciación que había en los noventa por los vinos blancos y el ensalzamiento de los vinos tintos con cuerpo terminó de dinamitar las posibilidades de supervivencia de la variedad tradicional que había marcado una época.

Y si no terminó de desaparecer fue gracias al ímpetu de algunos idealistas. La familia Almirall ayudó a la bodega del Hospital de Sitges a mantener 14 hectáreas que habían heredado de una familia rica en 1935. La ayuda de los Almirall y Bartra hizo posible la vinificación del primer monovarietal de malvasía de Sitges en el siglo XX. Además, el mismo hospital creó el Centro de Interpretación de la Malvasía de Sitges, que desde 2019 trabaja para no permitir que la historia de la variedad caiga en el olvido. «Explicamos su origen y mantenemos su legado vivo, mientras continuamos elaborando vinos que representan perfectamente esta variedad», explica Gràcia. Paralelamente, también hay bodegas que aseguran la supervivencia de la variedad, como Pardas, Torre del Veguer, Can Feixes o Vall de Betlem, entre otras. Ignasi Niubó, uno de los impulsores de este último proyecto mencionado, situado en el monasterio de Sant Jeroni de la Murtra (Badalona), reconoce a Vadevi que la malvasía de Sitges es el fruto de su necesidad de encontrar variedades autóctonas «cultivadas aquí».

Una variedad sensible, pero sorprendente

Todos los entrevistados por este diario coinciden en destacar una de las cualidades que otorgan a esta variedad tradicional: la sorpresa. La malvasía de Sitges no es una variedad sencilla de cultivar. En concreto, Niubó afirma que «se le debe tener mucho cuidado», es decir, «se debe estar presente en su cultivo de manera constante», añade. Es por ello que «hay solo plantaciones pequeñas», confirma el experto. A su parecer, es muy complicado mantener grandes extensiones de viñedos de malvasía de Sitges. Además, también es una variedad que se considera sensible a las plagas, pero no necesita grandes cantidades de agua para sobrevivir, lo que la hace una candidata perfecta en épocas de cambio climático, pero no es extremadamente productiva. «Podemos hablar de la malvasía como una variedad minoritaria«, concreta Bartra, técnico del INCAVI.

Ahora bien, «su versatilidad es infinita», añade. Y recuerda que se pueden encontrar desde vinos jóvenes, hasta vinos con crianza o incluso vinos para los postres elaborados con malvasía. Una opinión que también comparte Niubó, quien señala que la variedad tradicional catalana «es muy gastronómica«. La clave de la variedad es su acidez natural, lo que la hace fresca, que no es lo mismo que ser ligera, ya que no es considerada una variedad fácil: «Tiene un sabor muy personal», explica el impulsor de Vall de Betlem. Precisamente por eso no es una variedad que pueda triunfar por encima de las otras en un momento de cambios de tendencia como el que se vive, pero sí puede destacar por su baja graduación: «Nuestro monovarietal de malvasía de Sitges tiene 10,5 grados«, ejemplifica Niubó, quien insiste que es una graduación baja en comparación a otros vinos.

Imagen de algunos viñedos de Malvasía de Sitges / cedida
Imagen de algunos viñedos de Malvasía de Sitges / cedida

Un retorno por reclamo internacional

Aunque la malvasía de Sitges es una variedad que se cultiva en pequeñas parcelas por pequeñas bodegas, tiene una gran proyección internacional. Bartra asegura que en encuentros mundiales hay interés por esta variedad catalana. «Estamos notando una expansión progresiva ligada a esa notoriedad que tiene en todo el mundo», explica el experto del INCAVI. La misma opinión comparte Niubó, quien confirma que «tiene mucho juego a escala internacional«, ya que tiene un perfil similar a algunas de las variedades referenciales europeas, pero con «una acidez mucho más característica». En definitiva, la malvasía de Sitges ha estado a punto de desaparecer del mundo, pero gracias al trabajo de algunos incansables que la han mantenido, hoy día se puede hablar de la variedad como uno de los auténticos referentes del territorio vitivinícola catalán de la costa mediterránea.

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