Durante los últimos años, el concepto de vino natural ha ido apareciendo con una constancia cada vez más evidente en artículos, cartas de vinos, conversaciones de sobremesa y tiendas especializadas. Ya no es una palabra reservada a círculos muy concretos ni a discursos minoritarios. Hoy, mucha gente que bebe vino ha oído hablar de vinos naturales, aunque a menudo no tenga del todo claro qué significa exactamente este adjetivo aplicado a una botella.

Se ha escrito mucho sobre el tema, y no siempre con la intención de acercarlo al lector. A veces desde un punto de vista excesivamente técnico, otras desde una mirada casi ideológica, y en algunos casos con un lenguaje que parece más pensado para marcar territorio que para explicar algo. Este artículo parte de otra idea: damos por hecho que el lector ya sabe que los vinos naturales existen, pero quizás todavía no ha encontrado una explicación simple, clara y sin ruido que le ayude a entender de qué va todo esto.

No se trata de convencer a nadie ni de situar el vino natural por encima de ningún otro. Se trata, simplemente, de explicar qué significa “natural” cuando hablamos de vino y por qué este concepto conecta cada vez con más consumidores.

Qué significa “natural” cuando hablamos de vino

La manera más fácil de explicar qué es un vino natural es entender que no es tanto una definición cerrada como una manera de hacer. No hay una normativa única ni un sello oficial universal que lo regule todo. Lo que hay es una voluntad compartida: intervenir lo menos posible para que el vino se exprese tal como es.

Esto comienza en la viña, con un trabajo sin productos químicos de síntesis, respetando los ritmos de la planta y del suelo. Continúa en la bodega, con fermentaciones espontáneas, sin levaduras comerciales, y con una elaboración que evita correcciones destinadas a modificar el sabor, el aroma o el color del vino. En muchos casos, también implica prescindir de los sulfitos o utilizar cantidades muy bajas.

Dicho sin tecnicismos: el vino natural es aquel que no intenta parecerse a nada, que no busca encajar en un perfil estándar y que acepta que cada año es diferente. Es un vino que cuenta un lugar, un clima y una manera de trabajar, sin filtros.

Esto no significa hacer las cosas de cualquier manera. Al contrario. Cuando no hay aditivos ni correcciones posibles, se necesita mucha atención, mucha experiencia y una gran capacidad de lectura del vino en cada momento. El margen de error es menor, pero el resultado, cuando funciona, es mucho más sincero.

Copa de vino | Shutterstock

Menos control, más verdad

Uno de los grandes prejuicios que arrastran los vinos naturales es la idea de que son vinos inestables, sucios o defectuosos. Esta percepción, que en parte viene de algunas malas experiencias, no explica ni de lejos la realidad actual del sector. Como en cualquier otro ámbito del vino, hay vinos bien hechos y vinos mal hechos. El hecho de que sean naturales no los exime de la responsabilidad de ser buenos.

La diferencia es que el vino natural no busca la perfección entendida como uniformidad. No aspira a repetir exactamente el mismo perfil año tras año. Acepta el cambio, la evolución e incluso una cierta imperfección como parte del juego. Y eso, para algunos consumidores, es precisamente lo que lo hace interesante.

Beber vino natural implica asumir que el vino está vivo. Que puede evolucionar en la copa, que puede cambiar con el aire y que puede contar cosas diferentes según el momento. No es un vino para beber con manuales, sino con curiosidad.

No es un estilo, es una manera de mirar el vino

Otro error habitual es pensar que el vino natural tiene un sabor concreto. No lo tiene. Hay vinos naturales frescos y ligeros, ideales para beber sin pensar mucho; hay de profundos, densos y complejos; hay que se parecen mucho a los vinos convencionales y otros que se alejan completamente.

Lo que tienen en común no es el resultado final, sino la mirada. Una forma de entender el vino que pone el foco en la uva, en el territorio y en la persona que está detrás. Esta manera de hacer ha conectado especialmente con una generación que busca productos más transparentes, más coherentes y con menos artificio.

Tres vinos para empezar a entender el vino natural

Entrar al mundo del vino natural no debería ser un acto radical. No es necesario comenzar por el vino más extremo ni por el más difícil. Como pasa con tantas otras cosas, la mejor puerta de entrada es aquella que te hace sentir cómodo y te invita a seguir explorando.

Un buen punto de partida puede ser el Tiet Jan, de Mas Gomà. Es un vino honesto, directo, pensado para beber y disfrutar sin complicaciones. Tiene fruta, frescura y una manera de hacer muy clara, que ayuda a entender que el vino natural no tiene que ser extraño ni complicado. Es un vino que funciona en la mesa, que no intimida y que demuestra que natural y cotidiano pueden ir perfectamente de la mano.

Ampolla d'el Tiet Jan, de Mas Gomà / Cedida
Botella de el Tiet Jan, de Mas Gomà / Cedida

Un segundo paso podría ser Els Bassots, de Escoda-Sanahuja, un proyecto imprescindible para entender el movimiento del vino natural en nuestro país. Aquí ya encontramos más tensión y una expresión más marcada del territorio, pero siempre con equilibrio. Es un vino que ayuda a entender qué significa dejar hablar a la uva sin interferencias innecesarias.

Ampolla d'Els Bassots, d’Escoda-Sanahuja / Cedida
Botella de Els Bassots, de Escoda-Sanahuja / Cedida

Finalmente, Romanissa, de Matassa, en el Rosellón, es un gran ejemplo de hasta dónde puede llegar el vino natural cuando se combina respeto, conocimiento y sensibilidad. Es un vino lleno de vida, aromático, fresco y profundo a la vez, que demuestra que lo natural también puede ser elegante, preciso y muy afinado.

Ampolla de Romanissa, de Matassa / Cedida
Botella de Romanissa, de Matassa / Cedida

El vino natural no es mejor ni peor que otros vinos. Es diferente. Y sobre todo, es una invitación a volver a beber vino con una mirada más abierta, menos condicionada por etiquetas y más atenta a lo que ocurre dentro de la copa. Quizás, al final, esto es lo más natural de todo: beber el vino que te apetece, entender de dónde viene y aceptarlo tal como es.

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