Durante muchos años, el vino del menú en los restaurantes tenía un papel casi secundario. Formaba parte del paquete del menú del día -a menudo con pan y agua- pero rara vez era un elemento al que se le prestara especial atención. Lo más importante era que fuera económico y que permitiera mantener el precio del menú competitivo.
Esto hacía que, en muchos casos, los restaurantes optaran por vinos muy sencillos, pensados más para cumplir que para destacar. Eran los llamados vinos “de batalla”, que se servían a menudo en jarra o en botellas básicas y que, en muchos casos, acababan mezclados con gaseosa.
Añadir gaseosa al vino era una práctica habitual, especialmente en los almuerzos de menú. La mezcla permitía hacer la bebida más ligera y refrescante, pero también ayudaba a suavizar vinos que no siempre destacaban por su calidad. Durante décadas, esta combinación formó parte del paisaje cotidiano de bares y restaurantes.

Con el tiempo, sin embargo, la cultura gastronómica ha ido cambiando. El cliente se ha vuelto más curioso, más exigente y más interesado en lo que come y en lo que bebe. Y este cambio también ha llegado al vino de menú.
Cuando el vino del menú también quiere ser digno
En muchos restaurantes, el vino del menú ha dejado de ser un elemento secundario para convertirse en una parte importante de la experiencia gastronómica. Sin necesidad de ofrecer grandes referencias ni vinos complejos, cada vez más establecimientos buscan vinos honestos, bien hechos y agradables de beber.
Esta manera de entender el vino también la defiende el restaurador Lluís Valdevira, del Nou Can Vidal. Según explica, en su restaurante siempre han intentado cuidar también el vino del menú, porque considera que forma parte esencial de la comida. De hecho, lo resume con una idea muy clara: “Nosotros damos mucha importancia al vino, incluso al vino del menú. Creemos que una comida siempre debe ir acompañada de un vino decente.”
Por este motivo, en el restaurante procuran ofrecer vinos blancos y tintos sencillos pero correctos, alejados de los antiguos vinos de batalla. Valdevira reconoce que siempre ha intentado evitar este tipo de producto, porque cree que el vino también dice mucho del respeto hacia el cliente. “Yo nunca he tenido vinos de batalla en el restaurante”.
Esta apuesta también se refleja en la relación con los clientes. El restaurador explica que todavía hay personas que, por costumbre, piden gaseosa para mezclarla con el vino. En estos casos, suele sugerirles que primero lo prueben solo. “Cuando alguien me pide una botella de vino con gaseosa, siempre le digo: si puede ser, primero pruébalo y después ya decidirás si quieres ponerle gaseosa”.
La reacción suele ser reveladora. Según explica, en la mayoría de los casos el cliente descubre que el vino es lo suficientemente agradable para beberlo sin mezclar. “En el 90% de los casos ya no le ponen”. Muchas veces, dice, la cuestión es simplemente de hábito: durante años la gente se ha acostumbrado a vinos muy básicos y, cuando encuentra un vino un poco mejor, cambia la percepción.
Con el tiempo, este pequeño gesto también ha ido modificando los hábitos de los clientes habituales. Muchos de ellos ya ni siquiera piden la gaseosa cuando se sientan a la mesa, porque saben que el vino que encontrarán en el menú tiene una calidad correcta.
Un pequeño cambio que explica una gran evolución
La transformación del vino de menú puede parecer un detalle menor dentro del mundo de la restauración, pero en realidad refleja un cambio profundo en la manera de entender la gastronomía.
Durante mucho tiempo, el menú del día era un producto estrictamente funcional: debía ser rápido, económico y práctico. Hoy sigue manteniendo ese espíritu, pero muchos restaurantes intentan que también tenga una cierta calidad gastronómica. Y en este contexto, el vino también ha encontrado su lugar.
No se trata de servir grandes vinos ni de encarecer el menú, sino de seleccionar referencias correctas, equilibradas y agradables. A menudo son vinos jóvenes, frescos y fáciles de beber, pero bien elaborados y con personalidad.
Este cambio también tiene un efecto interesante en la cultura del vino. Muchas personas descubren nuevos vinos precisamente en estos almuerzos cotidianos. El menú del día se convierte así en una puerta de entrada al mundo del vino, un espacio donde el cliente puede probar referencias diferentes sin necesidad de hacer una gran inversión.
En definitiva, la evolución del vino de menú explica muy bien cómo ha cambiado la relación entre restauración y vino en los últimos años. Lo que antes era un simple complemento hoy puede ser una oportunidad para reivindicar que, incluso en una comida sencilla, el vino también puede tener dignidad. Cuando el vino es correcto, ya no necesita gaseosa para ser agradable. Simplemente, necesita una copa y un buen plato delante.



