El sector vitivinícola mundial lucha constantemente contra la demonización del alcohol. Desde hace unos años, las tendencias de vivir una vida «sana» han tergiversado un discurso que, en el pasado, mantenía el vino como un elemento gastronómico dentro de la dieta mediterránea. Bodegueros, viticultores y expertos no se cansan de recordar que el vino no se puede comparar con otras bebidas alcohólicas y que -aunque el consumo siempre debe ser moderado– la bebida puede llegar a influir de manera beneficiosa en la vida de adultos sanos. Este mes de abril, estos reclamos del sector ya pueden ir acompañados de la evidencia científica, ya que una investigación del American College of Cardiology concluye que, más allá de la moderación, también se debe tener en cuenta que el tipo de bebida alcohólica influye en la salud. En este sentido, los científicos ponen a un lado de la balanza los licores, la cerveza y la sidra y aseguran sus efectos nocivos, a pesar de que se beban con moderación. El vino, en cambio, se mantiene al otro lado y es de las pocas bebidas alcohólicas que -dentro de un consumo moderado- se relaciona con un riesgo menos elevado en adultos. En otras palabras, la evidencia científica asegura que si uno quiere beber alcohol, la mejor manera de hacerlo es con una copa de vino.
El vino se reivindica como un elemento clave en la dieta mediterránea. Existen decenas de artículos científicos que confirman que esta bebida no es nociva y, por tanto, debería estar separada de otros alcoholes que pueden tener consecuencias devastadoras en la vida de un adulto sano. De hecho, la fundación FIVIN mantiene el consumo moderado del vino como una opción válida e incluso sana. Más allá de luchar por el papel del elaborado, desde la entidad velan para que la evidencia científica reine por delante de los gurús de la vida healthy que desde hace años romantizan sobre la vida sana y perpetúan ataques contra las bebidas alcohólicas, sin miramientos y, sobre todo, sin distinciones. Tal como ha asegurado FIVIN, el estudio del centro americano da una nueva perspectiva a toda esta situación. En el artículo, el American College of Cardiology confirma que «el consumo bajo o moderado de licores, cerveza o sidra se asocia con una mortalidad más elevada. En cambio, el consumo moderado de vino se relaciona con un menor riesgo en adultos sanos«. Para FIVIN, estos resultados aportan una perspectiva clave para liberarse de la demonización del vino: la diferenciación entre alcoholes, es decir, una prueba fiel de que el vino -como ha dicho el sector desde hace tiempo- no se puede meter en el mismo saco que otras bebidas alcohólicas.

Un cambio en los patrones de consumo
El estudio es uno de los más completos que ha salido y, según el Dr. Josep Masip Uset, cardiólogo y presidente del comité científico de FIVIN, se trata de un estudio basado en el registro UK Biobank, «uno de los bancos de datos poblacionales más completos del mundo, con más de 500.000 individuos y más de 15 años de seguimiento. Análisis previos sobre este registro ya habían mostrado resultados similares, reforzando el papel diferencial del vino frente a otras bebidas alcohólicas». Así pues, los datos que aporta son precisos y pueden ser utilizados para extraer conclusiones que cambiarían las creencias actuales sobre los patrones de consumo. En este sentido, la investigación revela que no todas las bebidas alcohólicas presentan el mismo perfil ni se integran igual en consumo. Factores como su composición y su vínculo con hábitos alimenticios equilibrados ayudan a explicar estas diferencias. Y precisamente el vino tiene mucho que ganar en este aspecto, ya que se ha probado en estudios anteriores de diversos centros, que se puede reivindicar como un alimento más de la dieta mediterránea.
Con estos datos sobre la mesa, desmentir los grandes efectos nocivos del vino en las personas adultas es más sencillo. Desde FIVIN siempre concretan que se pide un consumo moderado y la intención no es conseguir que la población beba alcohol, sino entender las diferencias y, sobre todo, proteger una de las bebidas más vinculada a la historia, la economía y la cultura de los países productores. Es por ello que este tipo de estudios contribuye a avanzar hacia recomendaciones más precisas, basadas en patrones de consumo y no únicamente en cantidades generales. Una línea de investigación que ayuda a entender mejor la relación entre vino, alimentación y salud. El vino no debería estar en el mismo saco que los licores y -según el estudio- la cerveza, sino que debería ser la bebida preferente a la hora de consumir alcohol. En este contexto, la evidencia científica continúa dando apoyo a un mensaje importante: el consumo moderado de vino puede tener efectos beneficiosos para la salud.

