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La frescura impulsa el vino hacia nuevas formas de ocio

«La gente joven no bebe vino«, aseguran innumerables expertos del sector en todo el mundo. No es extraño escuchar esta frase en eventos, conferencias o mesas de trabajo. Si bien es cierto que las tendencias de mercado están cambiando y que cada vez hay menos interés por los elaborados vitivinícolas, sobre todo por aquellos vinos complejos y con cuerpo que un día dominaron el mercado, la realidad es que no es tanto una decisión tomada por el consumidor como por las circunstancias en las que se encuentra. Primeramente, salir a tomar algo se ha establecido como una manera de disfrutar del tiempo de ocio; las terrazas de bar son un espacio de encuentro que cobra fuerza. En este contexto, los vinos complejos, tintos y muy empalagosos pierden la batalla y entran en juego los vinos frescos, los espumosos ligeros y los blancos con cierta acidez. En otras palabras, no es que los jóvenes no beban vino, es que el vino no siempre se encuentra en los espacios y las formas correctas para atraer a la juventud.

En una mesa de bar un grupo de amigos le pide al camarero una serie de bebidas. El ambiente es distendido, la temperatura no sofoca y las ganas de pasar una tarde de disfrute se perciben a cada segundo. El vino no es lo primero que quieren consumir -y de hecho no lo piden-, pero sí que gastan el dinero en el típico Bloody Mary o Margarita. Al ser preguntados por la decisión, todos admiten que el vino no es una bebida que les venga a la mente en este contexto, pero sí avisan que, en caso de tener que consumirlo, «no elegirían un vino tinto»: «A mí me gusta el vino que más se asemeja a un refresco», exclama una de las amigas, copa en mano. Esta afirmación, que podría inducir al coma a medio sector vitivinícola, no es más que la expresión más real del cambio de tendencia que vive el mundo. Los vinos complejos han pasado de moda y el vino blanco o incluso los espumosos están en auge. Hay varias explicaciones para esta tendencia: el cambio climático demanda bebidas frías, las nuevas generaciones se han acostumbrado a elaborados más ligeros o, simplemente, que en la era moderna triunfa más la acidez que el cuerpo.

Tampoco es una lucha entre blancos y tintos. En este sentido, el sumiller Albert Amigó explica que no es que se haya extinguido el consumo de vino tinto, sino que «se piden tintos que también soporten el frío». Es una cuestión de sensaciones y de momentos de consumo, tal como destaca el experto, que recuerda que «los wine bars están creciendo» y añade que «la gente ya no quiere un vino de mesa para acompañar la comida, quiere una copita para pasar la tarde». Para Amigó tampoco es una cuestión de juventud -aunque buena parte del sector lo cree-, más bien lo define como un «cambio general que se ha personalizado en los jóvenes». De esta manera, los vinos frescos cobran fuerza, al igual que lo hace la gastronomía ligera; una tendencia que según Amigó «ha venido para quedarse», pero que no obligará al sector vitivinícola a replantear sus cultivos: «El vino clásico, con cuerpo, siempre tendrá su público». No obstante, los nuevos hábitos de consumo sí que demandan la entrada de vinos en espacios que, hace décadas, parecían impensables.

El auge de los vinos en festivales

Volviendo a la mesa de bar, a esos amigos que pasan la tarde entre cócteles y aperitivos. Una de las razones que comentan por las cuales no están bebiendo vino es que no es el momento oportuno o simplemente no es una bebida que destaque en estos contextos. Así pues, el sector vitivinícola se encuentra huérfano de espacios, más allá de los suyos propios como los wine bars que comentaba Amigó. Las discotecas son el terreno de los combinados y las terrazas, de la cerveza. Explorar la entrada del vino en estos espacios es tener claro que la trayectoria de algunos elaborados es demasiado larga para combatirlos. Ahora bien, donde aún no hay una tendencia clara es en los festivales o en los tardeos. Estos tipos de espacios, relativamente nuevos, no siempre demandan ingesta de combinados, pero tampoco expresan una gran devoción única por la cerveza. Precisamente, por eso pueden convertirse en lugares donde el vino puede ganar adeptos. Además, los ejemplos de fuera de Cataluña demuestran que esta posibilidad existe y se explota, si no que se lo digan a Vallformosa, que ha logrado ser el patrocinador de Tomorrowland, el festival de música techno más famoso del mundo.

II Vinàriament Barcelona al Poble Espanyol. 30.05.2026, Barcelona foto: Jordi Play

«Hace muchos años que escuchamos al consumidor y entendemos dónde debemos estar», destaca Sílvia Rodríguez, directora de comunicación y relaciones públicas de Vallformosa. La bodega catalana lleva una década trabajando el mercado de festivales con sus espumosos y, de momento, ha logrado posicionarse en un mercado muy competitivo en el extranjero. Para ellos la clave es desmitificar el vino y demostrar que no siempre se debe beber en una copa de vidrio, sentado en una terraza con tranquilidad. «Hay nuevos momentos de consumo que debemos ver y saber explotar», destaca Rodríguez, quien además también ha participado en la creación de un vaso de plástico de festival que expresa de la mejor manera posible los aromas de sus cavas. Su patrocinio de festivales llega hasta territorios catalanes a través del festival Cruïlla, desde donde tienen una barra para degustar sus elaborados, acompañado de la mejor música. Rodríguez reconoce que su empresa es pionera, pero no pretende que Vallformosa llegue sola a la cima: «Tenemos que dejar de estar tan encorsetados. Beber vino en un festival no está reñido con hacer un menú degustación», concreta la experta de Vallformosa, quien además anima a otros a hacer lo mismo: «Debería ser una lucha de país», sentencia. Desde Vadevi también se reconoció esa conexión entre el vino y los festivales y este año se ha celebrado la segunda edición del Vinàriament Barcelona, un evento que reúne música, gastronomía y mucho vino.

Un cambio también en la gastronomía

El cambio de tendencia de los vinos, como bien relata Amigó, no solo está ligado a este producto. Para el sumiller ha habido un cambio estructural en la manera de consumir, incluso en la gastronomía. Donde antes había plato de cuchara, ahora hay ensaladas cítricas. Este cambio en la alimentación también demanda vinos más frescos, con una acidez más alta, no necesariamente blancos, pero sí con un cuerpo moderado para disfrutar de la ligereza de los platos. «Ha cambiado toda la manera de consumir, no solo lo vemos en las preferencias de vinos», insiste Amigó. En definitiva, los vinos y espumosos más frescos y con una acidez más marcada avanzan por la derecha a los que un día fueron los reyes del mundo vitivinícola. Sea por el cambio climático, por los jóvenes o por los nuevos espacios de consumo, la realidad es que al vino le toca buscar otra vez su lugar más allá de las mesas de las casas catalanas. Festivales, wine bars y tardeos son los primeros ejemplos de la migración del consumidor y, por tanto, oportunidades para explorar a la hora de expandir el relato vitivinícola. ¡Bienvenidos a la democratización del vino!

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