Cuando alguien descubre que eres sommelier, una de las preguntas que surge con más frecuencia es: «¿Y tú, en casa, qué bebes?». La cuestión parece inocente, pero esconde una idea bastante extendida: que los profesionales del vino pasamos las veinticuatro horas del día con una copa en la mano, analizando aromas, buscando defectos o discutiendo sobre fermentaciones espontáneas. La realidad, sin embargo, es bastante diferente. Los sommeliers amamos el vino, evidentemente. Muchos hemos convertido una pasión en profesión y dedicamos una parte importante de nuestra vida a catar, recomendar, estudiar y explicar botellas. Pero precisamente por eso, cuando terminamos, a menudo buscamos cosas diferentes. No porque nos hayamos cansado del vino, sino porque nuestro cerebro también necesita descansar.

La pregunta, pues, es interesante: ¿qué bebemos los sommeliers cuando no trabajamos? La respuesta es tan diversa como los profesionales que forman parte de este oficio, pero hay algunas tendencias que se repiten con fuerza.

Más allá del vino

Quizás sorprenda a algunos lectores, pero muchos sommeliers continúan bebiendo vino en su tiempo libre. Ahora bien, la manera de hacerlo suele ser muy diferente de la que tienen durante la jornada laboral. Cuando trabajamos, catamos con objetivos concretos. Analizamos. Comparamos. Valoramos. Buscamos información dentro de cada copa. Cuando llegamos a casa, en cambio, a menudo solo queremos disfrutar. Es por eso que muchos profesionales optan por vinos sencillos, honestos y fáciles de beber. Aquella botella que no exige concentración ni un cuaderno de notas. Vinos que invitan a una segunda copa sin necesidad de reflexionar demasiado. Curiosamente, algunos de los sommeliers más prestigiosos del mundo reconocen que en casa no siempre abren grandes vinos. A veces prefieren un buen vino de cooperativa, un vino de proximidad o aquella referencia desconocida que les recuerda que el vino también es placer y cotidianeidad. Porque una cosa es el vino como objeto de estudio y otra es el vino como compañero de mesa.

También es habitual que los profesionales aprovechen los momentos de ocio para descubrir categorías que no forman parte de su día a día laboral. El hecho de dedicarse al vino no implica vivir exclusivamente dentro de este universo. Al contrario. Muchos sommeliers son personas inquietas gastronómicamente, interesadas en cualquier producto que cuente una historia, un territorio o una manera de hacer. En este sentido, las bebidas se convierten en otra forma de exploración. Sin la presión de valorar ni puntuar, simplemente por curiosidad y placer.

La cerveza, los cócteles y las alternativas sin alcohol

Si hay una bebida que aparece de manera recurrente entre los sommeliers fuera de servicio es la cerveza. Y no es casualidad. La cerveza ofrece frescura, una graduación moderada y una capacidad de refrescar difícil de igualar. Después de una jornada de catas, donde quizás se han probado decenas de vinos diferentes, una cerveza bien fría puede resultar extraordinariamente reconfortante. Además, el mundo de la cerveza artesanal ha evolucionado enormemente durante los últimos años. Muchos sommeliers han descubierto en las IPA, las lager de nueva generación, las saison o las sour una complejidad comparable a la que pueden encontrar en algunos vinos. De hecho, cada vez es más habitual encontrar profesionales que comparten afición entre el vino y la cerveza, entendiéndolas como dos expresiones diferentes de un mismo universo gastronómico.

Pero la cerveza no es la única alternativa. Los destilados y la coctelería también han ganado protagonismo. Durante muchos años existió una cierta separación entre el mundo del vino y el de los destilados. Hoy esta frontera es mucho más difusa. Cada vez hay más sommeliers interesados en los whiskies de malta, las ginebras artesanas, los rones de origen o los aguardientes tradicionales. No es extraño. Al fin y al cabo, comparten muchos elementos con el vino: territorio, materia prima, elaboración, historia y cultura.

Los cócteles ofrecen, además, un componente lúdico que a menudo resulta muy atractivo. Permiten experimentar con texturas, temperaturas, amargores y aromas diferentes. Un negroni bien ejecutado, un martini seco o un simple gin-tonic pueden convertirse en la opción ideal para un encuentro informal con amigos.

El còctel
El vermut es uno de los ingredientes que forman la base de cócteles de renombre | Foto: cedida

Al mismo tiempo, una de las grandes transformaciones de los últimos años es el aumento del consumo de bebidas sin alcohol entre los profesionales de la gastronomía. Muchos sommeliers consumen kombuchas, tés fríos, infusiones, fermentados naturales o refrescos gastronómicos elaborados con ingredientes de calidad. Las razones son diversas. Algunos buscan reducir el consumo de alcohol. Otros simplemente quieren alternativas interesantes para los días entre catas o durante períodos de más actividad profesional. Este fenómeno también está impulsando la creatividad de restaurantes y bares, que cada vez ofrecen maridajes sin alcohol mucho más elaborados y atractivos.

Beber por placer y no por trabajo

Quizás la respuesta definitiva a la pregunta inicial no se encuentra en una bebida concreta, sino en la actitud con la que se consume. Cuando observamos qué beben los sommeliers fuera del trabajo, descubrimos que no existe una única respuesta. Algunos continúan fieles al vino. Otros prefieren la cerveza. Hay quienes se han enamorado de los cócteles o que exploran el mundo de las bebidas sin alcohol. Incluso hay quienes reivindican el agua mineral como una de las grandes compañeras del día a día.

Pero casi todos comparten una misma filosofía. Cuando dejan de trabajar, dejan también de juzgar constantemente lo que tienen en la copa. Buscan el placer, la compañía y el momento. Beber pasa de ser una herramienta profesional a convertirse en un acto social, emocional y cotidiano. Es el momento de recuperar la relación más natural con las bebidas, aquella que no necesita grandes explicaciones ni vocabulario técnico. Y quizás esta es una de las grandes lecciones que los consumidores podemos aprender de los sommeliers.

El vino es fascinante. La técnica es importante. El conocimiento aporta profundidad. Pero, al final, las mejores bebidas no son necesariamente las más caras ni las más complejas. Son aquellas que llegan en el momento adecuado, compartidas con las personas adecuadas. Porque, incluso para los sommeliers, hay días en que una cerveza fresca después del trabajo, una kombucha bien hecha a media tarde o una simple copa de vino sin pretensiones ofrecen exactamente lo que se necesita: disfrutar sin analizar. Y es precisamente en esos momentos cuando recordamos que, antes que profesionales, somos consumidores. Personas que aman el buen beber, sí, pero que también saben que las mejores experiencias a menudo nacen de la sencillez.

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