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Las 10 cosas que más irritan a los sommeliers (y no, no es abrir botellas)

Ser sommelier es una profesión preciosa. Descubrir vinos, explicar territorios, recomendar botellas y lograr que alguien disfrute de una comida de una manera diferente es un trabajo privilegiado. Pero también es una profesión rodeada de tópicos, comentarios repetidos y situaciones que, con los años, terminan provocando esa mezcla entre sonrisa falsa y ganas de desaparecer dentro de la bodega de vinos. Porque sí, detrás de cada sommelier hay una persona que ha tenido que vivir cientos de veces las mismas frases. Y aunque la mayoría se dicen sin mala intención, hay momentos en que la paciencia fermenta un poco demasiado. Aquí van diez comentarios que irritan especialmente a los sommeliers. Si lees alguno y te sientes identificado… tranquilos, todavía estáis a tiempo.

“¿Cuál es tu vino preferido?”

Es la pregunta estrella. La más repetida. La inevitable. Y probablemente la más difícil de responder. Preguntar a un sommelier cuál es su vino preferido es como preguntar a un músico cuál es su canción preferida o a un cocinero cuál es su plato favorito. Depende del día, del momento, de la estación del año, del estado de ánimo y, sobre todo, de qué hay en el plato.

Pero el problema no es la pregunta, sino la decepción posterior cuando la respuesta no es un Rioja reserva del supermercado. Cuando un sommelier dice que le encanta un xarel·lo salino del Garraf, un mencía ligero o un ancestral, a menudo aparece esa mirada de: “Ah… es que yo soy más de vinos clásicos”.

“Ah, o sea que vas borracho todo el día”

Este tópico merecería una retirada inmediata de circulación. No, los sommeliers no van borrachos todo el día. De hecho, la mayoría escupen más vino del que beben. Probamos decenas de vinos cada semana, muchas veces solo para analizarlos. Aromas, textura, acidez, defectos, evolución… Hay más técnica que fiesta. Es verdad que desde fuera puede parecer una profesión muy divertida —y lo es—, pero también implica mucha concentración, memoria y horas de pie. La realidad es menos “The Hangover” y más “Excel con aromas terciarios”.

“Yo no entiendo, pero este vino entra solo”

Esta frase suele aparecer después del tercer vaso y siempre va acompañada de alguien que da una palmada en la espalda del sommelier como si acabara de descubrir un secreto milenario. Los vinos que “entran solos” suelen ser los que después provocan dolores de cabeza monumentales. Pero más allá de eso, la frase suele reducir el vino a una cuestión de alcohol fácil y poco más. Hay vinos ligeros, frescos y agradables que pueden ser fantásticos. El problema es cuando parece que la única virtud de un vino sea desaparecer garganta abajo sin dejar rastro.

“No me gusta el vino natural, huele mal”

Sí, existen vinos naturales defectuosos, igual que existen convencionales. Pero hay una tendencia muy curiosa: un vino convencional con defecto es “una botella mala”; un natural con defecto es “la confirmación de que todos son una estafa”. El debate sobre el vino natural se ha convertido casi en una guerra civil vinícola. Y el sommelier, muchas veces, queda atrapado en medio intentando explicar que no todos los vinos naturales huelen a establo abandonado. La persona que solo bebe una denominación de origen

“Yo solo bebo Rioja”; “Yo solo bebo Ribera”; o “Yo solo bebo Priorat”

Perfecto. Fantástico. Pero el mundo tiene miles de regiones vitivinícolas espectaculares. Imaginarse a alguien comiendo siempre el mismo plato toda la vida parece absurdo, pero con el vino pasa constantemente. A los sommeliers les encanta descubrir cosas nuevas y compartirlas. Por eso desespera un poco esa negativa automática a salir de la zona de confort. Sobre todo cuando el cliente rechaza un vino sin siquiera probarlo porque “no conoce la DO”.

“Este vino es bueno porque vale 50 euros”

El precio y la calidad tienen relación, sí. Pero no siempre. Hay vinos carísimos extraordinarios y vinos carísimos absolutamente sobrevalorados. Igual que hay botellas modestas capaces de dar una felicidad inmensa. El problema es esta obsesión por convertir el vino en un símbolo de lujo más que en una bebida cultural. Algunos clientes no buscan disfrutar; buscan poder decir cuánto ha costado la botella. Y aquí el sommelier a menudo hace de psicólogo silencioso.

El terror de tocar la copa por arriba

Hay un momento muy concreto que provoca microinfartos a los profesionales del vino: ver a alguien agarrar una copa de vino por la parte superior con toda la mano pegada al vidrio. La copa llena de marcas. El vino calentándose. El sommelier observando la situación a cámara lenta mientras intenta mantener la compostura. No pasa nada grave, evidentemente. Nadie morirá por esto. Pero hace ese pequeño daño emocional difícil de explicar.

Copas de vino
Los vinos catalanes han demostrado aquí y fuera su gran calidad | Foto: TA

El sommelier también es persona

Detrás del discurso técnico, de las recomendaciones y de los maridajes imposibles hay gente normal. Gente que también quiere cenar tranquila sin tener que escoger el vino de toda la mesa “porque tú entiendes”. Y sí, también hay sommeliers pedantes. Algunos. Como en todas partes. Pero la mayoría simplemente intentan compartir una pasión sin convertirla en una lección magistral.

Quizás el mejor favor que se le puede hacer a un sommelier es dejar de verlo como una enciclopedia ambulante o un detective de aromas imposibles. Al final, el vino trata de algo mucho más simple: disfrutar. Y si puede ser sin tener que responder por enésima vez cuántos vinos se han bebido hoy.

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