A veces, algo tan pequeño como un insecto puede cambiar las reglas del juego de un sector entero. Esta es la historia de la filoxera, el bicho americano que terminó con gran parte del viñedo catalán, español y francés a finales del siglo XIX. La filoxera tuvo un impacto devastador para prácticamente todos los países europeos que cultivaban viñedos. Se calcula que prácticamente el 90% del viñedo de finales del 1800 y principios del 1900 murió a manos de este pequeño insecto invasor. En aquel momento, el viñedo era uno de los máximos impulsores de la agricultura catalana y el vino se encontraba en todas las mesas del país. No era extraño tener algún familiar que se dedicara al viñedo, lo cual supuso la aniquilación por completo de uno de los sectores más punteros de Cataluña. Se perdieron cientos de miles de hectáreas de viñedo, muchos campesinos tuvieron que abandonar las tierras o emigrar y la producción de vino cayó de manera drástica durante años. No obstante, aquella crisis también impulsó un cambio en el sector, el cual hoy día podemos ver revivir con aún más fuerza.
La filoxera entró en Europa alrededor de 1860. Su llegada fue accidental, ya que provenía de América y algunas cepas infectadas entraron en barco a Francia. Hacia 1863 se detectan las primeras muertes inexplicables de cepas en la región del Languedoc y, sobre todo, en el valle del Ródano, cerca de la localidad de Roquemaure. En primera instancia, nadie podía explicar las muertes de estos viñedos, todo lo que se sabía era que morían rápidamente y la enfermedad progresaba muy deprisa. En 1868, el botánico Jules-Émile Planchon, junto con otros investigadores, identificó la filoxera como la causante de la muerte de las cepas, pero en aquel momento ya era tarde, el insecto se había cobrado la vida de buena parte de las cepas francesas y continuaba avanzando.
En 1879 la filoxera entró por el Alt Empordà y fue el pistoletazo de salida de la propagación del insecto por todo el estado español. Esta es la fecha de inicio de la crisis catalana, que destruyó casi el 80% de los viñedos del territorio y hirió de muerte toda la producción de vino del país. De 1882 a 1887 afectó comarcas como el Gironès, la Selva y el Maresme, que aunque actualmente su producción de vino sea muy pequeña, en la época había viñedos por todas partes. De 1887 a 1893 llegó al corazón del sector vitivinícola catalán: el Penedès. Finalmente, hacia 1900 la plaga ya había llegado prácticamente a todas las zonas productoras y el sector del vino catalán desapareció prácticamente por completo y dejó muchas familias sin trabajo, ni herencia, ni legado.
Una lucha larga y complicada
Luchar contra la filoxera no fue una tarea sencilla. En aquella época no existían los insecticidas que existen en el mundo moderno y tampoco se preveía la llegada de una plaga foránea con la capacidad de acabar con todo un sector. Las variedades morían y por mucho que se injertara -una técnica agrícola que consiste en unir dos plantas para que crezcan como si fueran una sola- el insecto continuaba matando. Las variedades autóctonas catalanas no podían resistir al insecto y muchas fueron desapareciendo. De hecho, actualmente hay un movimiento en el sector vitivinícola catalán para reencontrar aquellas variedades que se perdieron hace más de un siglo e incluso hay algunos casos de éxito, como por ejemplo la Malvasia de Sitges o el Sumoll, que ya se han incorporado como variedades autóctonas en la actualidad.

La única solución que se encontró para combatir la enfermedad en la época fue la importación de partes inferiores de la vid (portainjertos) desde el continente americano, más en concreto los Estados Unidos. Allí las vides convivían con la filoxera y se habían vuelto resistentes a la matanza. Cuando se empezaron a unir partes de las cepas americanas con las europeas fue cuando la vid comenzó a sobrevivir al insecto. Esta metodología permitió que las raíces americanas pudieran resistir a la plaga, pero las cepas europeas -que se mantenían en la parte superior- continuaban produciendo la uva de las mismas variedades y gran calidad. Aun así, la solución llegó de lejos y sin ser de fácil acceso para todos, muchos campesinos que lo habían perdido todo comenzaron a cultivar otros productos, más resistentes y fáciles.
Un precedente para el sector actual del vino
La filoxera dejó tocado un sector que había alimentado buena parte de la agricultura catalana. Cientos de personas se quedaron sin trabajo y tierras. No obstante, también potenció una nueva manera de hacer dentro del sector. El cooperativismo ganó fuerza, ya que muchos productores se quedaron sin prácticamente nada y decidieron juntarse para no morir en el intento. En aquel momento, nacieron muchas cooperativas que todavía existen hoy día y se convirtieron en el motor económico del sector vitivinícola del país durante el siglo XX.
La transformación más notable, sin embargo, la hizo el Penedès, ya que la filoxera fue el empuje que convirtió la comarca catalana en la cuna de los espumosos. Antes de la filoxera ya había elaboradores experimentando con el método tradicional inspirado en el champán francés. No obstante, después de la replantación, esta actividad creció de manera sostenida. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, empresas como Codorníu y, más adelante, Freixenet impulsaron la producción de espumosos, utilizando principalmente las variedades autóctonas Macabeu, Xarel·lo y Parellada. De hecho, esta tríada es la más conocida actualmente para elaborar las burbujas catalanas. A lo largo del siglo XX, el espumoso del Penedès se consolidó como un producto de calidad y esta situación dio lugar a lo que hoy conocemos como cava.

